Este hombre se unió a un Club Swinger y se volvió VIRAL por contar su experiencia

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Se unió a Club Swinger y se volvió VIRAL contando su experiencia. ¿Has imaginado estar en un Club Swinger? Quizás el temor te ha impedido asistir a uno de estos sitios, mas acá te dejamos esta experiencia de un hombre que se aventuró a vivir esta experiencia:

Se unió a Club Swinger y se volvió VIRAL contando su experiencia

Se unió a Club Swinger y se volvió VIRAL contando su experiencia

“Fue tiempo atrás. En verdad, para ser franco, tenía más de un año que no he iba a la cama con otra cosa que no fuese Netflix y un buen té de menta. De esta forma, alimentado por una mezcla de desesperación, curiosidad y una obsesión con el episodio Swingers de Louis Theroux, procuré online para localizar una forma de poner punto y final a la sequía.

A la 1 de la mañana de un domingo, me dirigí a un distrito en el este de Manchester, a un club de intercambio de parejas que había encontrado online. El club anunciaba que tenía un entorno relajado, haciendo hincapié en que los solteros eran bienvenidos, y las mujeres mostraban el máximo respeto. La dirección resultó ser una casa flanqueada por una funeraria y una casa de apuestas. Al cruzar la calle, de la zona de estacionamientos, el fragancia a pescado y papas fritas me golpearon; en el rincón había un ‘Codfellas’, restaurant de pescado y papas. Yo iba vestido de traje, y para este punto ya me sentía agobiado demasiado bien vestido para ese sitio.

La puerta del ‘club’ tenía una lámina negra, sobre la que pude reflejarme para revisar que mi corbata y el cuello estuviesen bien. Tras pulsar el timbre, me abrieron la puerta y me hicieron pasear por un vestíbulo, mientras que cerraban la puerta tras mí. Pasaron múltiples minutos, y temiendo una versión ‘Manchester’ de Saw, estaba a puntito de salir corriendo, cuando la puerta interior se abrió.

Un hombre de mediana edad, con sobrepeso, sudoroso y con una toalla de Winnie Pooh, miró por medio de la abertura en la puerta, y con acento de Liverpool, dijo: “Joder, es James Bond. ¿Entrarás, hijo?

Con la puerta entreabierta podía percibir The Reflex de Duran Duran, mezclada con las risas de hombres y mujeres. Inquieto, pagué por un ‘pase de un día’ y me deslicé cara dentro, aterrorizado, mas curioso por saber en lo que me metía.

En la zona del bar, estaban 4 hombres de pie, en semicírculo, en torno a una mujer de mediana edad que estaba apoyada en la caja registradora. Los hombres solo llevaban puesta una toalla. La única mujer, llevaba solo un conjunto de lencería negro.

El dueño, que es la persona que me había recibido en la puerta, me afirmó que si me apuraba podía ‘incluirme con ciertas parejas en la zona de jacuzzi’, lo que servía para romper el hielo. Con precaución entregué las llaves de mi turismo y mi teléfono, y a cambio me dieron un condón y una toalla azul, de importante tamaño, adornada con un dibujo animado de un hombre musculoso.

Tras mudarme de ropa en un vestuario improvisado, mas alfombrado, en el primer nivel, decidí explorar las otras 3 angostas plantas. Las habitaciones parecían como una mezcla entre la escena del espéculo de ‘Enter The Dragon’ y una mazmorra de sadomasoquismo.

Cada habitación estaba pertrechada con sofás de cuero colorado gigantes y pequeñas mesas de comedor. De los techos colgaban arneses negros y esculturas atenienses poco alumbradas habían sido puestas en nichos, como minisantuarios a los dioses del sexo.

Como ya había hecho mi paseo en la habitación, comencé a inspeccionar un letrero que decía: ‘tabletas de Viagra y jalea, libres en la recepción’; oí arrastrar unos pies y a alguien agitado en la obscuridad.

Tras un gemido agudo, un hombre indio surgió, seguido por otro hombre larguirucho, con el pelo rojizo. Los dos estaban desnudos y uno palmeó al otro en la parte posterior, dichosamente, como diciendo: ‘Este es mi relleno para esta semana. Gracias John’.

Abajo en el bar, las 2 parejas de la habitación con jacuzzi ahora estaban tomando un justo reposo. Tenían como cuarenta años, y parecían de Europa del Este. Una mujer altísima- la pareja de uno de ellos- apareció de tras la barra fumando un cigarrillo electrónico gigante y rosa; comenzó a ofrecer botanas de queso que traía en un plato.

Me paré cerca de la mujer en lencería y solicité una bebida ligera. Su nombre era Lizzie y me afirmó que daba clases en una escuela primaria de la zona.

La casa, que había sido transformada en este club, no tenía licencia, con lo que el bar estaba lleno de botellas de doscientos mililitros, a la mitad, de whisky y vodka, que exactamente los mismos clientes del servicio habían comprado. Bajo la cubierta de plástico del bar, había fotografías tomadas en noches singulares. Parecían como un tras cámaras de una película para adultos económica de los 80: vello, bigotes y pelos ondulados abudantemente.

Las parejas comenzaron a ordenar tazas de té inglés, conmutes y lubrificantes. Yo recibí un abrazo de una mujer que se parecía una caricaturiza quemada de Pamela Anderson. Estaba tan borracha que se me cayó encima, se sujetó de un perchero, y se aferraba tal y como si su vida dependiese de ello.

El cuarteto se fue para una segunda ronda y con ellos mi ocasión de lograr ‘pegarme con ellos’. Examiné el resto. Un chaval de unos veinte años se sentó en el bar, tomando una lata de Carling. Detrás de él había un hombre de unos cincuenta años que llevaba una toalla raída, con la imagen de Eric Cantona. Se veía tal y como si D. Craig hubiese pasado todos y cada uno de los días de su vida en una silla de playa y lo hubiesen corrido del gimnasio. quince minutos después, y ya estando hastiado, tomé mi bebida en la sala de billar, que asimismo tenía un jacuzzi exuberante, sobre un piso de losas rotas.

Mientras que releía por enésima vez la frase: ‘cuando tienes el dinero, tienes el poder’, de un póster de Scarface, las cosas tomaron un giro repentino y extraño. Bueno… extraño.

Lizzie entró corriendo en la habitación, arrastrando al chaval de la mano, detrás de él. Se lanzó encima de la mesa de billar -bolas volando por todos lados- y también de forma inmediata se quitó la lencería.

Al verlo mientras que se ponía sobre ella, mientras que llevaba una toalla bordada con la bandera del R. Unido, con la faz de la reina, no podía dejar de mirarlo. Y el hecho de que había puesto su Carling en entre los agujeros de la mesa de billar era más increíble que ameno.

En cuestión de minutos, no obstante, había pasado la inquietud y lo despidió con un taconazo en la frente. Ella me vio tomando cerveza en un rincón y se dirigió cara mí como Ronda Rousey enojada. Enfadado, el chico tomó su Carling, metió de un golpe la bola verde en un orificio y se descabulló.

A lo largo de los próximos veinte minutos me sentí como Vince Vaughn en la escena de cama de “Destruye Bodas”. A Dios gracias, me las arreglé para ponerme el condón de cortesía, mientras que me montaba como un caballo.

Un tanto sacudido, cojeando, llegué nuevamente a la barra para recoger mis llaves y el teléfono. El que se parecía a D. Craig se aproximó a mí y sonrió, ‘¿entonces, es tu primera vez? ¿Qué te pareció?’.

Murmuré: ‘muy bien’ y asintió, y respondió: “Sí, mi esposa y hemos estado viniendo acá desde hace ya tiempo. Me tomó un tanto para hacerme a la idea al comienzo, mas estoy cómodo con esto ahora.

Cuando ya me iba, solo pude percibir al chico que había sido menospreciado en la mesa de billar, abrir otra cerveza y decir: ‘esto ocurre cada maldita vez que estoy aquí’. Hice una salida veloz y me dirigí a casa, tras parar en el Codfellas primero. Evidentemente.

Meditando sobre ello, seguramente no volvería. Lo extraño que hay, y el desequilibrio entre hombres y mujeres agregan una capa de sordidez que es bien difícil de ignorar. Bajo mi punto de vista, el intercambio de parejas es más conveniente para parejas de mediana edad que están desganadas.

Dicho esto, en el plazo de un año, en dependencia de de qué manera salgan las cosas, pudiese verme a mí con una toalla de Winnie Pooh, y darles otra oportunidad”.

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